Verdi’s Requiem


Verdi-Boldini

Giuseppe Verdi (1813-1901)

This short essay was written as an exersice for the reading paper of the Cambridge ESOL First Certificate Exam and with no further pretentiousness, as I am not a musician nor musicologist.

Norwich, april 2013.


Este año se conmemora el segundo centenario del nacimiento de dos excepcionales compositores de ópera, Richard Wagner y Giuseppe Verdi, y el Norfolk and Norwich Festival ha programado el Requiem de Verdi para su última noche.

La mayoría de los grandes compositores han afrontado el tema de la muerte en alguna de sus composiciones y no siempre con una misa de Requiem. Beethoven lo hizo en sus 3ª y 5ª sinfonías y Mahler escribió en su 2ª sinfonía “Resurrección” un monumento a la esperanza en la vida eterna. Otros compositores escribieron requiems más especiales, como el Requiem de Guerra de Briten o el Requiem Alemán de Brhams. He tenido la suerte de cantar algunas de estas obras y un pequeño recorrido a través de ellas me servirá para aproximarme al Requiem de Verdi.

El Requiem de Faurè es el más litúrgico de ellos, con diferencia; no en vano es el que elegimos cuando, lamentablemente, tenemos que cantar en un funeral. Faurè asume en esta obra tanto la liturgia católica como su espíritu.

El Requiem Alemán, en cambio, no es una misa en sí mismo y está escrito sobre textos en alemán de la Biblia de Lutero que Brahms escoge para que se adapten al espíritu de su música. Escribe así un requiem de consuelo, como haría una madre con un hijo al que le van a poner una vacuna, explicándole que aunque duela un poco es necesario para que en el futuro no contraiga esa enfermedad. La muerte es una dolorosa certeza, pero también el principio de una vida nueva y eterna.

Si el requiem de Faurè es la ligurgia y el de Brahms es el consuelo, para mí el requiem de Mozart es la tristeza; la mayor y más profunda tristeza hecha música. Es conocido que Mozart murió sin terminar su Requiem, sólo los primeros dos números están completamente escritos por él; de los demás, en la mayor parte escribió tan sólo las líneas vocales y los solos de la orquesta. Esto resulta especialmente conmovedor en el Lacrimosa, del que sólo escribe los ocho primeros compases antes de morir. Cantándolo, uno no puede evitar sentir que hasta ese punto es Mozart quien llora su propia muerte y, a partir de ahí, es uno mismo quien llora la muerte del genio.

Mahler afronta el tema de la muerte en su segunda sinfonía y lo hace preguntándose sobre la existencia de una vida futura hasta que, al final, alcanza el clima con la palabra «auferstehen» (resucitarás) asumiendo con ello que la vida eterna existe y que no es otra que el Paraíso. Un canto a la esperanza de la resurrección.

Verdi, en cambio, es un compositor de ópera. Él quiere contar historias y está especialmente interesado en los sentimientos de las personas, como terminaría de dejar claro al elegir a Shakespeare para sus dos últimas óperas. Así que, aunque utiliza el texto en latín de la liturgia católica, repite algunas partes en diferentes momentos de forma que la liturgia se convierte para él en un libreto que le permite contar una historia sobre el temor de Dios.

La composición del Requiem de Verdi comienza con la muerte de Gioacchino Rossini; en homenaje, un grupo de los más famosos compositores de aquellos días decidieron escribir entre todos una misa de requiem, encargándose cada uno de ellos de un número. Verdi compone el número final, «Libera me Domine», que con algunos cambios permanecerá como insuperable final cuando años más tarde retome la idea de escribir el requiem completo. Una vez finalizado, sólo un número parecerá estar fuera de lugar en la obra ya completada; un poco ortodoxo «Sanctus» que comienza tan solemne como cabría esperar, pero inmediatamente deviene en una fuga a doble coro que parece más un scherzo que un himno.

Para las primeras oraciones -«Requiem» y «Kirie»- Verdi crea una atmósfera de paz, casi positiva, basada sobre todo en tonos mayores. Esto cambia con la repentina irrupción de un agresivo, amenazante y ensordecedor «Dies Irae»; la ira de Dios se convierte en el leitmotif de este requiem como una pista de la historia que quiere contar y que sólo revelará al final. El continuo contraste entre la paz de la liturgia y la violencia del «Dies Irae» opondrá dos diferentes puntos de vista de dos mundos opuestos: el de los vivos, formado en este caso por las personas que asisten al funeral y aquel en el que se encuentra el alma de la persona fallecida. Porque al final, lo peor no es la duda sobre la existencia de otra vida, lo verdaderamente aterrador es la certeza de que esta existe y que empieza con el Juicio Final. Verdi nos cuenta la historia de un alma que desde el otro lado está esperando ese terrible momento, el de saber si le espera la vida eterna o la eterna condenación.

Por ese motivo la soprano no canta el Lux Perpetua con el resto del cuarteto solista. Sólo después de esta oración se levantará para implorar «Liberame Domine» desde el otro mundo, seguida por el último «Dies Irae» del coro que ahora cobra todo su sentido. Como un niño cansado después de tanto llorar, unirá su voz a las plegarias del coro para cantar «Requiem Aeternam» en un último interno de alcanzar la Gracia de Dios en el momento más intenso y conmovedor de la obra.

Tanto, y de tal belleza, que perfectamente podría haber acabado en este punto. Pero este es el Requiem del temor de Dios; por eso suena de nuevo, como un llanto que clama «Liberame Domine», la voz de la soprano acompañada esta vez por una fuga del coro. Finalmente, de nuevo como cuando un niño está demasiado cansado para seguir llorando, vuelve la calma. La última frase de la soprano, repetida por dos veces, tiene todavía el temblor del miedo en la voz, pero la orquesta y el coro la arropan con un acorde mayor en pianísimo que nos devuelve la esperanza en el amor de Dios.


This year is commemorated the second hundredth anniversary of the birth of two outstanding opera composers, Richard Wagner and Giuseppe Verdi, and the Norfolk and Norwich Festival has scheduled the Verdi’s Requiem for its last evening.

Most of the best composers has faced, at least once, the theme of the death in its works and not always with a Requiem Mass. Beethoven did it in his 3rd and 5th symphonies and Malher wrote in his 2nd symphony «Resurrection» a monument to the hope of the eternal life. Others composed special requiems as the Briten’s War Requiem or the Brahms’ German Requiem. I have had the chance of singing some of them and likely a quick view through they will be a good way to approach to the Verdi’s Requiem.

The Faurè’s Requiem is the most liturgical among them, not surprisingly it is the one we have used when, unfortunately, we have had to sing in a funeral. Faurè assumes the catholic liturgy as well as its spirit.

On the other hand, the Brahms’ German Requiem is not a mass in itself. It is written in German with texts of the Luther Bible and he chooses this verses according with the spirit of the music. Brahms writes a requiem of consolation, like a mother soothes a children when he has been injected with a vaccine and tell him that now pains, but in the future he will never be sick because of that illness. Death is a painful certainty, but is the beginning of a new eternal life.

If the Faruè’s Requiem is the liturgical one and the Brahms’ Requiem is the consolation one, in my personal experience, the Mozart’s Requiem is the sadness, the biggest and deepest sadness made music. It is known that Mozart died without finishing the Requiem, only the first numbers are completely written by his hand and, in most of them, he only wrote the vocal lines and the solos of the orchestra. This becomes moving in the Lacrimosa where he only writes the first eight bars before dying. When you sign it, you can feel how Mozart knows that he’s going to die and is crying his own death and how after that point, it is yourself who mourns the death of the genius.

Mahler faces the theme of the death in his second symphony wondering about the next life and reaches the climax at the end with the word auferstehen (you will resurrect) on the assumption that the next life exits and is always the heaven. It is the hope of the resurrection.

However Verdi is a drama writer, he wants to tell stories and he is especially interested on the feelings of the people, as he proved by choosing Shakespeare for his two last operas. So, even though he uses the text in Latin of the catholic liturgy, he repeats some pieces in different moments so that the liturgy becomes in a libretto and it allows him to tell an story about the fear of God.

The history of the Verdi’s Requiem begins with the death of Gioacchino Rossini. Some of the most famous composers of those days agree on writing a Requiem together, each one would write a part and it would be performed in honour of Rossini. Verdi composed the last one, “Libera me Domine”, which will remain with some changes as an insuperable end when, years later, he retakes the idea of writing a whole Requiem. Once finished, only one number would seem to be out of place in the already finished work, an unorthodox Sanctus, which begins as solemn and as load as it could be expected to be but suddenly becomes in a double chorus fugue more similar to a scherzo than to a hymn.

The first prayers, Requiem and Kirie, are both written by Verdi in a peaceful and even positive atmosphere, most of the time based on major keys. But this suddenly changes with the irruption of the aggressive, frightening and deafening Dies Irae – the wrath of God becomes in the leitmotif of the requiem, as a hint of the story that he wants to tell and only reveals at the end. The continuous contrast between the calm of the liturgy and the violence of the Dies Irae will reveal the different point of view from two different worlds: the one of the alive people who pray in the funeral and the one where is the soul of the deceased. Because finally, what is frightening is not the wondering about the next life, is the certainty about the next life which begins with the Last Judgement. Verdi tells the story of a soul who arrives to the other side and is waiting for that moment, waiting whether the eternal life or the eternal damnation.

That is why the soprano does not sing Lux Perpetua (eternal light) with the other soloists. Only at the end of the liturgy she stands up and cries Liberame Domine from the other side, followed by the last Dies Irae of the chorus that, just now, has its whole sense. Like a children exhausted after crying for a long time, she sings Requiem Aeternan, as a last attempt to achieve the grace of the Lord, joining her voice to the chorus of prayers in the most moving and intense section of the requiem.

It could have finished here and it would have been a wonderful end. But this is the requiem of the fear of God and it comes back to the soprano who cries again Liberame Domine, now followed by the chorus singing a fugue. At the end, again like a too much tired children, the peace comes back. The last two words of the soloist, twice repeated, has still the tremble of the fear in her voice, but the orchestra and the chorus, with a pianissimo major chord in this last moment, give us the hope of the love of God.

 

 

 




LIBERA ME | Verdi: Requiem
Marina Poplavskaya (soprano)
BBC Symphony Orchestra
Semyon Bychkov
BBC Symphony Chorus
BBC National Chorus of Wales
London Philharmonic Choir

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